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Valentina Quintero: Ciudades amables con sus habitantes

 

detallef44db1edbdc39b300b10e86a6b1c523fLas carencias nos conducen a los amores desbarrancados. Venezuela se nos ha vuelto tan hostil ­aunque jamás la abandonaremos­ que las urbes españolas nos atraparon con la oferta más sencilla: poder caminar tranquilos

Sevilla y Córdoba. Inés, mi hermana ­la historiadora, la sabia­ está en Sevilla a ver si consigue una nueva historia en el Archivo de Indias. Salimos a caminotear a las 8:00 pm.

Muchedumbres en cada esquina un miércoles cualquiera. Calles angostas con sillas y mesas pegadas de muros milenarios, gente en tascas conversando, niñitos en coches o con patinetas. Iglesias y museos al lado de una freiduría con pescados y mariscos en unos cucuruchos que chorrean aceite y son una divinidad. No me interesan tanto los monumentos como esta emoción de andar a pie cuando son las 12:00 de la noche. Todo está abierto.

Otro día nos vamos al Mercado de Triana. En la noche sólo abre un sitio donde se toma cava y se come salmón, ostras o caviar. Incursionamos en bares que sólo frecuentan los vecinos. El hogar de los españoles es la calle. ¿Cómo fue que no mantuvimos esta herencia tan valiosa? En Córdoba hay que admirar la mezquita. Dar gracias al Dios que corresponde porque privó la sensatez y un rey se negó a tumbar estos 24.000 mts” de paciencia, esmero y entrega árabe.

En la calle hay muchas mujeres vestidas de sevillanas, bellas y orgullosas de su tradición. Es un día de feria. El centro histórico de todas estas urbes españolas es fascinante. Aquí vive la gente pared con pared con la historia y eso me encanta.

Es genuino. Conseguimos un restaurante de una estrella Michelin y resolvemos darnos el gusto. Un auténtico alboroto de papilas gustativas. Se llama Choco.

Las cigüeñas de Salamanca. Sólo había visto cigüeñas en el Hato Piñero (cuando era una extraordinaria reserva de fauna, porque este Gobierno se empeñó en destruirla). Por eso me asombro cuando las veo anidando en los postes de la autopista vía Salamanca. Las vemos también sobre algunas torres de monumentos en Salamanca, ciudad festiva, poblada de estudiantes reunidos en minúsculos bares. En uno de ellos nos recomendaron probar unas “jetas”. Yo entendí “setas”. Era una extraña forma marrón frita que al morder entendí que se trataba de la trompa del cochino. No pude.

Recorremos las dos catedrales. No conformes con la preciosa que había y llaman La Vieja, construyeron la nueva, muy renacentista, con la arquitectura de los hermanos Churriguero. Ambas sobrecogen.

Prueben el hornazo, un pastel con varios tipos de chorizo y jamón de Jabugo y una masa exquisita que se hace con el agua del chorizo.

El suculento país vasco. Para que apreciar el vínculo de San Sebastián con el agua dulce del río Urumea y la salada del mar Cantábrico, existe un paseo que le da la vuelta, con la glamorosa y agitada Concha. Unos caminan por el malecón, otros dan vueltas en el carrusel, algunos nadan, hacen kayak, salen a vela, montan bicicleta.

Es el plan de la tarde. Es la dicha de la primavera y el verano con clima amable y sol hasta casi las 10:00 pm. Si prefi eren la ciudad vieja, hay que ir de “pintxos”, que así llaman a las tapas. Desde las 9:00 am los mostradores despliegan su imaginación. Sirven para desayunar, almorzar, merendar, cena o tentempié.

Nos comentaba una vasca: “Esta es una ciudad para vivir en la calle. A casa sólo se va a dormir, pues ni siquiera a comer. En cualquier bar cutre (de mala muerte) se comen maravillas de pintxos”. Me cautiva un mostrador de pintxos sifrinos, vistosos. Se llama Zeruko.

Conversamos con una guía española. Desde hace siete años visita este sitio para probar los inventos. Me dejo llevar por una alcachofa dorada con foie gras.

Saboreo luego una tostada con queso de cabra, manzana y foie gras. Un sencillo panecillo con jamón de Jabugo es mundial.

Aunque aquí quedan el Akelarre y el Arzak, esta vez quisimos gozar la abundancia de sabores que comparten sus habitantes a diario.

Con la euforia de tener carro ­ergo, libertad­ resolvemos dar una vuelta por la costa. Vamos de paseo a Hondarrabia, un pueblo frente a la desembocadura del Bidasoa, en Hendaye, Francia. El puerto es precioso con sus balcones llenos de fl ores de colores y las casitas de madera con tantos colorinches como las plantas. Sucumbes al subir a la parte vieja por unas escaleras mecánicas ­están a la intemperie y siempre funcionan, lo pregunté­.

Atraviesas la vieja muralla por un puentecito, dejan atrás un parque con grama donde juegan cientos de niñitos y en la loma está el castillo de Carlos V, convertido en parador, precioso y bien atendido.

El recorrido nos lleva a Lekeitio por una carretera angosta, al lado del mar, con caminerías entre pueblo y pueblo. En el pueblo se preparaban para el fi nal de la Copa del Rey entre el Bilbao y el Barsa. Aunque perdieron, el rumbearon hasta las 4:00 am. La dueña del hotelito ­en pleno casco viejo­ nos sugirió la vía mas bella hacia Bilbao.

Pasamos por Gernika, Ispaster, Ea, Ibarrangleva, Elantobe, Bermeo y San Juan de Gastelvade.

Desmelenados del hambre vemos un letrerito: “Restaurante a 7 kms”. Así descubrimos Zintziri Errota, en un viejo molino, propiedad de una familia. Celebraban una boda y una primera comunión, pero había espacio para tres mesitas más sobre el piso de tablas, el techo de madera, las mesoneras vestidas de largo con delantales blancos y cofi a y puras suculencias gastronómicas.

De Bilbao a Santiago. Los gobiernos serios programan su futuro. Fue lo que hicieron en Bilbao al construir el Guggenheim: atraer a las visitas. Aunque se vean cientos de fotos nada se compara a ver en persona esta obra del arquitecto Gehry.

Imponente. Desde 1997, la vida de Bilbao transcurre alrededor de esta zona, que en 1980 eran astilleros abandonados. Atraviesan el centro de la ciudad caminando y de repente aparece el museo. Se paralizan.

A Santiago de Compostela llegamos en carro, lo cual es casi un sacrilegio pues los peregrinos llegan a pie, luego de caminar semanas o meses. Una ciudad de contrastes, extremadamente turística y repleta de tienditas de souvenirs, iglesias y peregrinos.

El centro es sólo para caminar y eso me encanta. Hasta perderse es bueno porque siempre se descubre algo nuevo. Tuvimos una demostración de lo que significa el turismo para los españoles. Cuando reservamos en el Parador de los Reyes, frente a la Catedral, indiqué que era nuestro aniversario. Nos dieron una habitación atómica, una suite de 120 mts” con un balcón enorme que daba a la plaza. Es el significado del turismo que quiero para Venezuela.

 

 

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