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¡Imperdible! El país que los venezolanos salieron a buscar por el mundo

venezolanos por el mundoLo que más extraña Alejandra Romero de Venezuela es Venezuela. Al menos la imagen que ella tiene del país que dejó en 2001 para probar suerte en Estados Unidos, primero en el norte, Seattle, y después en el sur. Recuerdo que persigue al millón y medio de venezolanos que en los últimos 15 años han cruzado las fronteras y que, como el olor de las arepas en las mañanas, es nostalgia por un lugar que ya no existe.

Alejandra salió a buscar una “mejor oportunidad de vida” cuando se dio cuenta de que en su país el “escenario que se venía no era bueno”. Pasaron los años y vio que cada vez eran más los venezolanos que pensaban como ella.

Con una cámara y un equipo “pequeño pero entregado y muy motivado”, Romero conversó con algunos de sus compatriotas repartidos en 94 países para tratar de entender por qué el mayor éxodo de la historia venezolana ocurre ahora, cuando los ingresos petroleros de los últimos 15 años quintuplicaron a los de las cuatro décadas previas.

Las respuestas a sus preguntas están en “Finding Venezuela”, el documental sobre la diáspora que la directora planea estrenar a fines de año. “Encontré la voz de un éxodo que busca su lugar en el mundo. Encontré esperanza, esa que nunca se pierde y está en la mirada de una generación que desea replantearse y se resiste a pensar que todo es en vano”, dice la cineasta a “El Mercurio”.

Romero quiere que su trabajo sea una herramienta para que los venezolanos se “conecten con su identidad”, y para que los extranjeros conozcan “la verdad detrás de la diáspora”.

Las mismas dudas que llevaron a la cineasta a tomar la cámara y salir a entrevistar son las que inquietaban a un sociólogo 2.200 km al sur de Miami.

Caracas, Venezuela

Tomás Páez dedicó toda su vida académica al estudio de las pymes, a estrategias de gestión, calidad y productividad. De a poco se dio cuenta de que sus alumnos en la Universidad Central de Venezuela se iban del país. En una sociedad aclanada como la venezolana, era raro que padres, abuelos y tíos hicieran filas eternas en ministerios para convalidar las notas de sus hijos, nietos y sobrinos, paso indispensable para estudiar afuera. Páez preguntó y le respondieron que preferían estar separados a que los jóvenes se sumaran a las estadísticas de homicidios y secuestros.

En el éxodo universitario anterior, a mediados de los 70 y principios de los 80, 40 mil estudiantes se perfeccionaron en centros de Europa y Estados Unidos. El 94% volvió a su tierra a aplicar lo aprendido. Los jóvenes hoy solo compran el pasaje de ida.

El profesor también quiso saber qué fue de ese país de inmigrantes que en 1960 tenía 15% de población extranjera, y que recibió a todos quienes pudieron escapar de las dictaduras que azotaron a Latinoamérica en los 70.

Con todas esas dudas en la cabeza, el sociólogo y su “equipo global de coordinación” pasaron tres años entrevistando, analizando datos, y lo que concluyeron lo publicaron hace un mes en España en el libro “La voz de la diáspora venezolana”. Páez escogió ese nombre como un modo de “hacer justicia” a los “centenares de miles de venezolanos que por primera vez en casi dos siglos optaron por una segunda patria”. “Es una forma de comprender su decisión, sus expectativas, sus formas de pensar y concebir el desarrollo de Venezuela”, comenta Páez a este diario.

Las opiniones, cifras y datos que recopilaron cada uno por su lado y sin conocerse, apuntan a que la causa de que tantos venezolanos anden nostálgicos por el mundo comenzó en 1999, cuando un militar de pasado golpista asumió la presidencia y prometió refundar el país. Y cumplió.

La tasa de 82 homicidios por cada cien mil habitantes, la inflación que según economistas privados llegaría este año a 150%, las restricciones a la libertad de expresión y el clima de confrontación en general son los grandes catalizadores de esta diáspora, coinciden ambos investigadores. Problemas derivados de las políticas económicas y sociales implementadas por el gobierno chavista, y las grandes razones que han llevado -a entre el 4% y el 6% de la población venezolana- a probar suerte en otros lados. Y a echar de menos, y añorar, y a extrañar algo difícil de definir.

Venezolanos en Madrid 

Las expectativas de Eduardo Sánchez Rugeles como egresado de Filosofía y Humanidades en Venezuela, donde los profesores andan buscando nuevos destinos, no eran muy altas. En 2007 se fue a España, pero su motivo principal para partir no era laboral. “Si tuviera que elegir una razón, entre todo el desastre, elegiría la inseguridad. Nada es más placentero que vivir sin miedo. La noche en Caracas es una ruleta rusa, te puede tocar o no. La angustia por un posible robo, secuestro, asesinato o estafa es una constante”, cuenta Sánchez desde Madrid.

Como Alejandra, Eduardo habla de una nostalgia particular. “Al margen del escenario de crisis en el país, tus espacios, tus lugares de memoria, de alguna forma, se quedan en el cuerpo. La salida forzosa provoca paradójicos ejercicios de añoranza. Echas de menos ‘algo’ que no sabes muy bien qué es. La melancolía no es racional”, señala.

Sánchez usó esa dualidad de “estar aquí y allá” como materia para sus novelas “Blue Label/Etiqueta Azul” y “Liubliana”, y para su libro de relatos “Los Desterrados”. Cuando los escribió, Eduardo se dio cuenta de que esas historias “tenían un eco” que resonaba en los rincones del mundo donde había un venezolano.

Historias de desarraigo, de crisis de identidad, como la de la venezolana Eugenia Blanc, la protagonista de “Blue Label/Etiqueta Azul”, quien responde: “Francesa”, cuando en su colegio le preguntan: “Y tú, ¿qué quieres ser cuando seas grande?”.

Destierro forzado por la falta de oportunidades, pero también por la persecución política.

Pittsburgh, Pensilvania

Israel Centeno publicó en junio de 2002 la novela “El Complot”, sobre un supuesto plan para asesinar a un Presidente venezolano, libro de portada roja con una silueta negra que recuerda a Hugo Chávez.

Apenas “El Complot” llegó a las librerías, el escritor recibió amenazas, fue agredido dos veces; nadie investigó sus denuncias. Según el gobierno, Centeno había “sublimado el asesinato del Presidente”. La presión del chavismo lo hizo buscar tranquilidad en Estados Unidos.

El escritor, radicado en Pittsburgh desde 2010, dice que la migración nunca fue un tema para los venezolanos, excepto por el exilio de líderes como Andrés Bello o Rómulo Betancourt. Pero ahora la diáspora es un tema de conversación casi tan presente como el temor a los secuestros o los problemas para encontrar pañales o harina.

“Más allá de la retórica revolucionaria, luego de 16 años, tenemos una Venezuela por un lado pobre y desesperanzada, con una clase media viviendo todo tipo de penurias, y por el otro lado una nueva élite, grotescamente enriquecida. En la Venezuela revolucionaria la brecha entre ricos y pobres es más grande aún”, comenta Centeno. Pobres que también están saliendo.

En su estudio, Tomás Páez concluyó que el 94% de los venezolanos que emigraron los últimos 15 años tenían un grado universitario; de estos, el 40% poseía un magíster, y el 12%, doctorado o posdoctorado.

Centeno cree que desde 2007 ese 6% de la población que emigra va al alza, con jóvenes sin estudios que cruzan las fronteras. “Este es el tipo de inmigrante que me encuentro ahora en Pittsburgh, una ciudad donde venían muy pocos venezolanos; ahora hay muchachos trabajando en restaurantes y hoteles, buscándose la vida sin estatus legal”.

La diáspora que comenzó con personas descontentas se diversifica. “Pareciera que la gente perdió las esperanzas. Ni la revolución ni la oposición ofrecen una salida para quienes se van a probar suerte como pueden a otros lugares. Muchos de ellos, aunque nostálgicos, sienten rotos sus vínculos con cualquier proyecto que el país desde cualquiera de sus ámbitos pueda ofrecerles. Toman sus riesgos y buscan sus sueños en otras tierras”. Ilusiones que algunos hallaron en el sur.

Santiago, Chile

Nora Medina y su esposo Fabián Arancibia celebran este mes ocho años desde que abrieron el café Venezziano, en Los Leones con Providencia, el restaurante de comida venezolana más antiguo de Santiago. Nora trabajó durante nueve años para la telefónica CANTV en la ciudad de Maracay, hasta que en 2004 vio que “la cosa estaba mala”. Buscó un cambio y escogió Chile, donde vivían 2 de sus 13 hermanos.

Desde su café, entre banderas, gorros y camisetas de Venezuela, Nora ha registrado el aumento de sus compatriotas en Santiago. Al local llegan venezolanos con hambre de arepas y de los platos típicos como el pabellón criollo, que sirven jueves y viernes, y también buscando consejos, datos de trabajo.

Nora dice que entre el 90% y el 95% de los venezolanos que llegan a Chile son profesionales jóvenes, que la mayoría son de Táchira, de Maracaibo, de Maracay, de Puerto Ordaz, pocos caraqueños, y que la explosión se produjo entre 2007 y 2009.

Sus impresiones coinciden con las cifras del Departamento de Extranjería y Migración de Chile. Según el organismo del Ministerio del Interior, en el país hay aproximadamente 8.190 venezolanos con permiso de residencia, con un aumento en los últimos seis años: en 2005 entregaron 382 permisos, en 2009, 677, y en 2014, 2.874.

El embajador de Venezuela en Chile, Arévalo Méndez, señala que tienen aproximadamente 2.500 venezolanos registrados, y que no pueden corroborar las cifras de Interior, “especialmente, porque la gran mayoría (de los venezolanos en Chile) son ciudadanos con doble nacionalidad”.

Una de las críticas que hace Tomás Páez en su estudio es el silencio del gobierno, que no entrega cifras y hace como si la migración masiva no existiera. Durante la Cumbre Iberoamericana en Veracruz, México, en diciembre pasado, el Vicepresidente venezolano, Jorge Arreaza, alertó sobre el fenómeno de emigración de talentos venezolanos, a la que llamó un “robo de cerebros”.

La preocupación de Arreaza, yerno de Chávez, deja claro que por más que lo oculten, el éxodo complica al gobierno de Nicolás Maduro, ya que la emigración desangra al país de los técnicos y profesionales indispensables para buscar soluciones a la crisis.

Pero más que “fuga o robo de cerebros”, el sociólogo Páez cree que los venezolanos que se fueron a trabajar a transnacionales y a grandes universidades del mundo son una “enorme inversión”, que cuando “se modifiquen las condiciones que propician la emigración actual” regresarían al país a aplicar lo aprendido y a invertir lo ganado. Por eso, Páez prefiere hablar de “circulación de cerebros”.

Nora, Alejandra, Eduardo e Israel coinciden y aseguran que no volverían a la Venezuela actual.

La documentalista Romero no cree que todo sea culpa del gobierno. “La revolución definitivamente fue el ‘detonante’ de la diáspora, multiplicó y exacerbó los problemas en Venezuela, pero estos no son solo derivados del chavismo”, señala Alejandra. La cineasta cree que la “tendencia al facilismo (generado por la bonanza petrolera)” y “el desgaste de las instituciones, gerenciadas por las franquicias de los partidos políticos”, son algunos de los males históricos que dejaron el camino servido para que el Presidente Chávez entrara con “una propuesta nueva para una población desmotivada y ávida de cambio”.

En todo el mundo

Nora habla fuerte, es alegre, se ríe con los clientes del café, dice que los chilenos son diferentes, “no son pesados, son tímidos”, que “se quejan porque no saben lo que tienen”; que acá “las cosas funcionan”, y que por eso los venezolanos se integran bien.

Al otro lado del mundo, en Madrid, Eduardo Sánchez coincide. “Sospecho que, a diferencia de otros pueblos, el venezolano no se siente cómodo con las generalizaciones que se hacen en torno al gentilicio; el venezolano -cuando emigra- no hace guetos… quizás, lo que tenemos en común es un revoltijo de sentimientos encontrados, de convicciones hechas pedazos, de rabia, de ilusión, de miedo, de esperanza, de desesperanza. Somos una paradoja”, afirma el escritor.

En Pittsburgh, Israel Centeno reflexiona sobre la situación que comparte con millones de personas de distintas nacionalidades que se aventuran hacia lo desconocido: “El futuro es el de todo emigrante que sale en situación de crisis a hacer realidad un sueño, llámesele sueño europeo, australiano, chileno, argentino o canadiense. Sencillamente, insertarse, progresar, ver resultados, tener puesta en el tapete del mañana una vida mejor”.

Gaspar Ramírez /el mercurio

Acerca del autor
Nuestra misión es enarbolar nuestro gentilicio en el mundo.

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