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Una venezolana en el reino de las burbujas

Champagne Está habituada a las alturas. Luego de ser directora de Chandon en años decisivos para el vino argentino, ha sido la primera latinoamericana en ser nombrada presidenta de una empresa de champagne. En Krug, la mítica casa francesa, ha descubierto una historia hermosa que ahora traduce para el mundo en términos cercanos y amables.

Margareth Henríquez tiene desterrada de su glosario la palabra nostalgia. “Creo que vivir con ella es malo. Hay que aceptar lo que la vida te da y disfrutarlo intensamente”. Por ello, si tuviera que aferrarse a una palabra como actitud y certeza, esa es “agradecer”. Y como valor primordial, el respeto. Este año, que cumplió 53, tiene muchas razones para la gratitud y sobrados honores para el orgullo. Luego de ser la presidenta de Chandon en Argentina durante siete años, de haber timoneado esa compañía de burbujas en los años más cruciales del vino argentino y de estar a la cabeza de las propiedades de Möet Hennesy en ese país, esta venezolana se transformó en la primera latinoamericana en estar a la cabeza de una bodega de champagne en Francia: es presidenta de Krug, un emblema casi mítico de prestigio.

Así, dejó su vida en Buenos Aires, se casó con su amor francés desde hace siete años ¬”a quien veía en algún lugar del mundo cada 15 días”¬ se mudó a París y ahora llega en bicicleta a este emporio donde todo “es totalmente distinto”. Ella lo agradece por excepcional. “Es la primera vez en la historia de la humanidad que un latino maneja una casa de champagne. Eso habla bien del grupo”. Y obvio, desde lo personal. “Es bueno cuando puedes reinventarte. No me esperaba que me ofrecieran Krug: es la casa más prestigiosa de champagne. Y es la oportunidad de explorar algo que no había vivido”. Con dos hijos adultos ¬el menor tiene 25¬ viviendo en México, sus padres en Venezuela, y ella en Francia, ya no le teme a inventarse de nuevo, preservando sus afectos, pero deslastrada de nostalgias.

Margarteh tiene la estampa firme de quien conoce que sólo con rigores se alcanzan las alturas, pero la cercanía de la gente amable. A ella, más que Margareth, todos la llaman Maggie. Su hoja profesional tiene la contundencia de lo que se escribe con palabras mayores: en Venezuela, fue presidenta de Seagram y Licores Mundiales. En Argentina, estuvo a la cabeza de Chandon, donde conoció el manejo del vino desde los viñedos. Se ha construido una marca propia por su capacidad de manejar airosa las crisis que pocos desentrañan. “Nada llega sin una razón”, dice ahora y entiende que esa estadía en Argentina fue la antesala necesaria para el reto que ahora encara: “Esa visión profunda del vino es lo que me permite entender el alma de la casa Krug”.

Y avanza como quien calza unos hermosos zapatos nuevos: le encantan, pero se adapta a ellos. “Llevo 22 años trabajando de una forma, con las manos sobre los resultados. Por ser muy operativa y haber trabajado en Latinoamérica, siempre la capacidad de reacción fue muy rápida. En una semana tenía la solución. Aquí es distinto. Es más lento. He tenido que aprender a trabajar a través de una red que abarca grandes regiones del mundo. Es todo un aprendizaje”.

para ella que la había manejado a distancia como distribuidora. Y cuando llegó a su corazón, descubrió una historia entrañable que merecía traducción para llegar al planeta de manera más diáfana. “Yo venía buscando entender a Krug de una forma más sencilla. Siempre me había parecido complicado desde afuera. Claro, es imposible tener ese nivel si no hay complejidad.

Pero tiene que ser sencillo de explicar”. Y ahora lo revela, como quien descubre una historia fasUn enigma de burbujas.

Krug tenía algo de misterio, incluso cinante que aguardaba por contarse de manera cercana. “Krug es la única casa de champagne que nació del amor de un hombre por un sabor, que ha sido perpetuado a través de las décadas. Hoy en día permanece en la casa la quinta y sexta generación familiar. Es una historia de memoria preservada a través de ellos”. En 1843, Johann-Joseph Krug, el fundador, que trabajaba en otra casa de champagne, decidió crear su propia joya de burbujas, en la que perdurara un gusto propio, que no variara con las veleidades de cada año. “Esta casa nace del sueño de recrear todos los años ese gusto”, cuenta su ahora presidenta.

Desde el profundo respeto, la venezolana participó de un ritual centenario donde entendió la esencia de este champagne, que es preservada a través del olfato de varias generaciones. “Todos los días, de noviembre a marzo, un comité de degustación de siete personas se reúne a catar más de 250 vinos elaborados ese año.

Tres de los catadores son de la familia Krug. Además, catamos su ‘librería de sabores’, en la que tienen 150 vinos de hasta 12 años”.

Los vinos de cada año tienen la huella irrepetible de esa vendimia. Sus particularidades son dictadas por el clima. Y de ese repertorio, dan con la fórmula que replica un sabor constante gracias a la mezcla o el tura. Sabes que un año los vinos te dan notas de un tono distinto.

Pero vas a la biblioteca de sabores que te permiten siempre la misma sinfonía. Es un sabor que se mantiene gracias a que se elabora con una mezcla de más de 100 vinos de hasta 12 años”.

Otra historia de prodigios digna de ser contada es el hallazgo de cómo elaboran vinos que vienen de parcelas tan delimitadas que merecen muros para preservarlas.

“En los años 60, en Krug compraron viñedos propios. Y entre ellos había un lugar casi mágico: una parcela, amurallada desde 1698, como un jardín. Nadie sabe por qué la cerraron. Pero los vinos de las uvas de ese lugar siempre sabían distinto. Por ello, decidieron hacer con ese lugar un assemblage champag- que incluye vinos de esa librería de sabores propia. Ese ritual da lugar al Grande Cuvée, “el corazón de Krug”. “Es como una pinne mítico de la casa: el Clos du Mesnil”, cuenta Henríquez.

En esa parentela de cham- pagnes únicos existe otro caso de mención. “Durante 25 años, Henry Krug buscó la mejor expresión del pinot noir en la zona. Finalmente la consiguió en una parcela. De allí sale el Clos du Ambonnay”. Ese vino le regaló una anécdota que resulta reveladora de cómo esta venezolana de porte enérgico, llegó a la familia Krug para traducir su venerable anecdotario. Un día, mientras Henry Krug hablaba de ese vino mítico, insistía en que era “una excepción”. Ella, sin detenerse en pudores, le dio otra traducción.

“Le dije, ‘no digas más eso que es muy difícil de entender. Pasaste 25 años buscando esa parcela.

Es una expresión de ustedes. Un punto en el universo de Krug. Y ese señor grande, me agarró la cara conmovido y me dijo: Qué bella manera de contar a Krug”.

Rd/ Todo en domingo el nacional

Rosanna Di Turi rdituri@el-nacional.com ¬Fotografías Guillermo Felizola  gfphoto180@yahoo.com

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