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Merideños con manos de Seda

seda2En un país habituado al consumo de lo “hecho para usar”, dos personas ¬esposos además¬ se dedican a un oficio poco común: la cría de gusanos de seda y al largo e intenso proceso que implica obtener esta fibra noble y transformarla en tejidos de ensueño.

 

Todo en Domingo viajó hasta la ciudad de Mérida para devanar el hilo de esta historia de emprendedores andinos

Un manojo de hilos rosados es retorcido por su dueña y cruje. Ese sonido no es cualquier cosa: es una de las características de la seda auténtica. Quien lo sostiene y hace la demostración ha sido partícipe ¬junto a su esposo¬ de un largo viaje, metafórico y literal, que los ha llevado a conocer y amar un oficio que les exige la paciencia de un agricultor, el esmero de un criador, la habilidad de un tejedor y la creatividad de un diseñador. Se trata de la sericultura, la cría de gusanos de seda. Eduardo Portillo y su esposa, María Eugenia Dávila de Portillo, se muestran afables y atentos, haciendo gala de su gentilicio merideño, y cuentan las venturas y desventuras de su labor con tranquilidad pasmosa, como quien se sabe satisfecho del camino recorrido y con la humildad que casi siempre se esconde tras la excelencia. Por lo menos, en este caso, es así.

Eduardo y María Eugenia son del estado Mérida. Desde hace más de 20 años se dedican al tejido de fibras naturales como el algodón y la lana. Cuando quisieron tejer seda, descubrieron que no existía en el país. Así que en 1986 decidieron ir a China y la India a aprender sobre la sericultura. Cuando conocieron a fondo el proceso de producción, se entusiasmaron con la idea de dedicarse a ello. Estuvieron en Asia aproximadamente cinco años, y cuando regresaron al país, se encontraron con un dilema que les exigía dedicarse sólo a la cría de los gusanos o al tejido de los hilos. Eduardo Portillo lo explica: “La sericultura y el tejido son cosas distintas, pero llegamos aquí y no había sericultura. Así que, o nos regresábamos o lo hacíamos aquí, y optamos por quedarnos y hacer todo el proceso en la medida de nuestras posibilidades”.

Ese proceso incluía la siembra de la morera (el alimento de los gusanos de seda), adecuar el espacio que habitarían las futuras crías y hacer la instalación de los telares. Cuando estuvo todo a punto, comenzaron una etapa de experimentación que les tomó seis años y, mientras tanto, continuaban dedicados al tejido de otras fibras. Pero el momento de lanzarse al ruedo llegó, y una vez que habían decidido qué tipo de morera y gusanos iban a utilizar, comenzaron a producir seda.

La labor de un sericultor es, básicamente, criar a los gusanos y obtener el hilo. Pero Eduardo y María Eugenia son, en principio, tejedores. Cada uno de estos oficios exige una cuota de esfuerzo que decidieron hilar para obtener un producto final con su propio sello. Todo comienza con la morera ¬porque sin el alimento, no hay gusanos, obviamente¬.

seda1Las hojas de esta planta tardan tres o cuatro meses en crecer después de la poda. Las larvas ¬obtenidas de crías anteriores que se dejaron vivas para efectos de reproducción¬ tardan 22 días en hacer sus capullos. En ese período, deben ser alimentadas cuatro veces al día. “Los gusanos pueden caminar sólo unos 20 cm en busca de alimento, porque han sido domesticados durante 5.000 años. Han perdido muchas de sus habilidades de cuando eran silvestres y se han adaptado a los cuidados del hombre. Así que tenemos que darles morera y llevarlos a una casa de cría que está desinfectada, limpia, con temperatura y humedad controlada, y los alimentamos durante tres semanas. Sólo comen morera y son muy voraces”, explica María Eugenia. El capullo que hacen las pupas está formado por un hilo continuo que puede medir dos o tres kilómetros, pero para poder obtenerlo intacto, hay que evitar que salga la mariposa. Así que hay que llevarlos a un horno para matar a las pupas. Luego viene el devanado, que es pasar el hilo del capullo al carrete. Para producir un kilo de hilo de seda se necesitan ocho kilos de capullos que son, aproximadamente, 5.000 capullos. El tiempo del devanado depende de la cantidad de capullos obtenidos. Pueden ser días, semanas o meses. Luego viene el torcido y el desgomado de la seda, que consiste en quitarle al hilo una goma producida por el gusano. Para ello hay que meter el hilo en agua caliente y jabón azul: el resultado es un hilo muy fino.

A continuación viene el teñido del hilo, que si bien puede hacerse con tinturas industrializadas, en este caso se realiza con materia prima natural, lo que implica un trabajo extra de selección, maceración yprocesamiento de las flores, hojas, cortezas o raíces. Eduardo Portillo explica el porqué de esta elección: “La seda se puede teñir con cualquier tinte, pero nosotros utilizamos los naturales por la gama de colores que se puede obtener de cualquier recurso: flores, raíces, cortezas.

Siempre la combinación de colores naturales es muy feliz”.

Una vez teñidas las fibras, viene, finalmente, el tejido que, según la pareja, “es la parte más fácil”.

Para ello cuentan con varios telares de diferentes niveles de tecnología, que utilizan según las necesidades del momento.

Con uno de ellos pueden hacer el diseño asistido por una computadora y un programa especializado. Su adquisición se produjo después de pasar años al lado de carpinteros y mecánicos que los ayudaron a crear sus propios telares. “Queríamos algo por lo menos, no quería aprender. Tenemos un año dedicados a esto. Tuvimos que desarmarlo y volverlo a armar, que era lo que no queríamos”, cuenta Eduardo, entre resignado y divertido. En dos décadas de trabajo, los Portillo han tenido que transformar, reacondicionar y reinventar. El proceso no ha sido sencillo: “Si no lo hacíamos así, no lo hubiésemos hecho. En la India llamas y te llevan el telar a tu casa y cuatro personas que saben tejer.

Aquí no había eso, y transferir esos conocimientos, enseñarles a otras personas y luego vivir con ellas durante 20 años requería de algo así”, argumenta Eduardo, quien hace alusión al equipo de ocho personas que los acompaña en su taller -llamado Morera¬ y quienes los siguen en este largo camino de producción de la seda. En el taller se confeccionan objetos utilitarios que se venden allí mismo o en el mercado principal de Mérida, entre los que es posible encontrar corbatas, cojines, manteles individuales y bufandas, entre otras piezas elaboradas con seda o con otras fibras. “En el taller no hacemos siempre lo mismo. De repente producimos telas para ropa, o corbatas, o chales o tapices. Eso tiene un precio porque pasamos plug and play, de enchufar y ya, pero tampoco fue así porque tuvimos que aprender de luz, de aire, de un poco de cosas que yo, mucho tiempo experimentando, luego hay que reproducirlo, y venderlo porque de eso vivimos. Tenemos la suerte de que a la gente le gusta lo que hacemos”, reconoce Eduardo, con la humildad de quienes tejen su éxito a base de constancia.

Tejiendo el legado. Hay algo que tiene más valor que poseer conocimiento: difundirlo.

Los dueños del Taller Morera lo saben y lo practican. Ellos han estado en diversos puntos del planeta para profundizar aún más en los gajes de un oficio común fuera de estas fronteras, pero desconocido para sus coterráneos. Y no tienen temor alguno de enseñar lo que saben.

Eduardo Portillo lo explica: “En Venezuela no ha habido mayor interés por nuestro oficio, pero en el exterior sí. Tenemos 10 años trabajando con proyectos de desarrollo sericícola fuera del país para comunidades vulnerables de Sudamérica. Trabajamos también con estudiantes de diseño de arte y de textiles de Inglaterra que hacen sus pasantías aquí. Vamos a otros países a enseñar, a asesorar proyectos.

Trabajamos muchísimo con las escuelas que vienen a visitar las casas de cría tres veces al año.

La idea es sistematizar eso para que sea más provechoso”. Parte de la enseñanza de los Portillo consiste en recomendar la especialización en un área, bien sea la cría de los gusanos, el tejido o el teñido, pero nunca dedicarse a todas las etapas, como ellos. Por lo general, se trata de personas que viven en zonas vulnerables de Sudamérica, por lo que necesitan orientarse hacia un área específica que pueda darles dividendos en un plazo razonable, algo que no podrían lograr si se dedicaran a todo el proceso. “Creemos que este es un lugar donde se pueden aprender muchas cosas, pero no consideramos que pueda ser una experiencia replicable ni aconsejable. Lo de nosotros fue una elección muy personal”, argumenta Eduardo, quien, a la par del trabajo en el taller, está dedicado actualmente junto a María Eugenia a la experimentación con fibras autóctonas venezolanas, como el moriche, el chiqui¬chiqui y la curagua, al igual que con las fibras metálicas.

Estar dedicado a un oficio de manera casi solitaria puede tener sus inconvenientes. No hay nadie a quien acudir cuando se presenta algún obstáculo, y muy pocas personas con quien compartir inquietudes profesionales. Pero para los Portillo esto es una etapa superada. Si bien reconocen que pueden presentarse inconvenientes, también afirman que lo más importante es estar satisfecho con la labor realizada. Y ellos lo están. Eduardo Portillo lo resume así: “Hay años buenos, años malos y uno puede dudar de lo que se está haciendo. Lo más difícil es creer en el trabajo de uno y tratar de ser feliz con lo que se hace. Aquí estamos satisfechos con lo que hay. Lo que nosotros hacemos está lleno de oportunidades, y si uno logra verlas e interpretarlas, le va a ir bien. En el peor de los casos, por lo menos eres feliz”.

Fuente Todo en domingo
Isbel Delgado idelgado@el-nacional.com | Fotografías Luis Trujillo luishth2003@gmail.com

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